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Reflexión sobre el documento «El servicio de la autoridad y la obediencia»
 
Roma 28 de Mayo 08

He valorado este documento. Pienso que está bien documentado, es “holístico” en el sentido que tiene en cuenta, a la vez, los aspectos humanos y espirituales de la cuestión.
Merece ser puesto en práctica con sinceridad y seriedad, a nivel personal, comunitario y de Congregación y muy especialmente en los procesos de formación inicial y continua. Clarifica los problemas que existen en muchas comunidades religiosas, cuando la autoridad y la obediencia se viven en conflicto.

Desde mi punto de vista, con mis orígenes africanos, y teniendo alguna experiencia de la autoridad, encuentro este documento bien pensado y de verdadera ayuda para todos los religiosos, especialmente en las situaciones en las que los roles no se comprenden bien. Permite encontrar una respuesta frente a los desequilibrios que encontramos en nuestra manera de vivir el voto de obediencia.

En primer lugar voy a mencionar ciertas mentalidades y prácticas, donde la autoridad y la obediencia están en conflicto:

I. La tendencia, bastante corriente a decir « si » a todo lo que viene de la boca de las personas que ejercen la autoridad… un « si » que tiene como intención agradar a la persona que ejerce la autoridad o viceversa.
Podéis imaginar el resultado, cuando esto sucede en las casas de formación. ¿Qué
estilo de religiosos puede esto producir?.

II. Me parece que en ciertas tradiciones, una persona obediente es aquella que nunca tiene una palabra diferente de la del superior o superiora. ¡Los superiores dan las órdenes y los súbditos las obedecen! ¡Ninguna discusión!. Los superiores son infalibles, los que piensan o actúan de otra manera son considerados desobedientes y a veces aparecen como rivales. Algunos religiosos han experimentado este modo de funcionar en su relación con los Obispos o con los sacerdotes en la parroquia.

III. El espíritu comunitario es un valor compartido por muchas culturas africanas, pero a veces se pone demasiado el acento en la comunidad. No se toma demasiado en cuenta la contribución individual. Esto viene de la creencia de que debemos perpetuar las costumbres y prácticas que nos son propias. Esto bloquea la iniciativa personal y encierra a la comunidad sobre ella misma. Paraliza nuestro entusiasmo por la evangelización porque no estamos abiertos a las nuevas necesidades, ideas nuevas, maneras nuevas de hacer.

IV. En una sociedad que venera tanto la ancianidad, los jóvenes, con frecuencia no tienen ocasión de poder ejercer su membership. Este principio, “la sabiduría está en la ancianidad”, mina la contribución que podrían aportar los jóvenes religiosos y los que tienen menos experiencia. No se les da la posibilidad de ejercer su creatividad. Con frecuencia este es el caso de las comunidades donde las jóvenes profesas viven con las Hermanas de últimos votos. La consecuencia de esto es, o bien un complejo de superioridad/inferioridad o bien la capitulación de las jóvenes ante las mayores. Y todavía es peor, si las personas que ejercen la autoridad, también tiene esta mentalidad.

Contemplando esto que acabo de decir y de otras prácticas malsanas en nuestra manera de vivir la obediencia, ¿cuáles son los desafíos que nos propone el documento sobre el que estamos reflexionando?.

1. Al reflexionar sobre el documento, estoy cada vez más convencida que el elemento determinante de nuestro compromiso es la fidelidad a la voluntad de Dios y su búsqueda continua. Quiero decir, poner la voluntad de Dios en primer lugar, antes que nuestros proyectos personales y mantener los ojos fijos en Cristo, que es nuestro Maestro y modelo. Con Cristo y en El, obedecemos a Dios a través de las personas que nos son enviadas por El. Nuestra paz, nuestra libertad y nuestra alegría vienen de ahí.

2. En relación con esto, hay dos elementos muy importantes: la Palabra de Dios y los distintos ejercicios espirituales que nos ayudan a mantenernos atentos a la invitación diaria de Dios. Dios nos habla a través de la experiencia que tenemos de El diariamente. Si no estamos atentos a la voz de Dios en nosotros, por muy buenos que sean nuestros líderes, no habrá ningún progreso en la realización del plan de Dios sobre nosotros. Si estos elementos faltan en nuestras vidas, permanentemente existe confusión y conflictos.

Esta es la razón por la que es necesario entrar en un proceso de discernimiento, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo que nos habla a través de nuestra conciencia esclarecida. Es importante distinguir el Espíritu Santo de la voz que emerge de nuestro subjetivismo. El discernimiento debería conducir a una toma de decisión y a una puesta en práctica de esta decisión. Si se toma tiempo para hacer una verdadera consulta, implicar a las personas, individualmente y en asamblea, la puesta en práctica de la decisión se hará de mejor buena voluntad. Aunque no sea fácil, es posible.

Sin embargo es necesario señalar que, cualquiera que sea la decisión tomada, no es la última palabra de la historia. Siempre se puede repensar una decisión.

3. Ayudadas por su competencia y su capacidad para escuchar al Espíritu, las personas que ejercen la autoridad están llamadas a buscar humildemente la voluntad de Dios y a velar para que ésta se cumpla con sinceridad y verdad. Los líderes que no buscan la información necesaria, que no disciernen, ni dialogan y no buscan consejo, los que hacen el trabajo en solitario, etc, son un verdadero desastre para las comunidades. La primera obligación para un líder es la de obedecer a Dios que le habla a través de los miembros de la comunidad, del contexto, la regla, los signos de los tiempos etc. De lo contrario, los líderes corren el riesgo de ponerse en el lugar de Dios. Ahí hay un gran desafío para algunas comunidades que tienen tradiciones y prácticas que ponen al superior o a la superiora en una “posición” muy alta. Allí donde los que son “superiores” supervisan todo y tienen todas las respuestas (aunque no sepan de que va la cuestión!!!). Hoy día comenzamos a tomar mayor conciencia de que los superiores son los servidores de los servidores de Dios, no los “maestros” a los que se les debe servir.

Porque todos tenemos el Espíritu Santo, siempre es bueno dialogar. Sin embargo, el diálogo no puede ser eterno. Es necesario poner un término. Después de haber dicho y hecho todo lo que está en nuestra mano, dejamos la última palabra al superior o a la superiora que entonces puede decidir con conocimiento de causa. Luego se acepta la decisión con espíritu de fe.

4. Hoy día no se puede descuidar la cuestión de los derechos humanos. Nuestra tarea fundamental es llegar a ser lo que somos: es una llamada a la libertad y a la felicidad. La autoridad y la obediencia que niega la libertad humana o reduce la persona a un estado de inerte pasividad o más aún, que ahoga el espíritu de iniciativa, no son cristinas. El documento manifiesta el valor de la persona individual y sitúa su respuesta diaria en una relación con los demás.

5. La comunidad juega un papel importante en la búsqueda de la voluntad de Dios y en el deseo de cumplirla. Es nuestro objetivo común, lo que nos une. Esto viene de la convicción de que todos y todas somos llamados y animados por el mismo Espíritu. Esto es lo que puede hacer avanzar la misión de la Iglesia. Si nos amamos unos a otros, nos escucharemos y nos obedeceremos mutuamente. Sin embargo es necesario mantener un equilibrio entre el individuo y la comunidad para evitar el colectivismo y una uniformidad excesiva.

6. Es también importante señalar que la obediencia es una tarea a realizar. Conduce a la acción y a la misión. Todas nuestras energías son para la misión y esta misión, es el mismo Cristo. El centro de interés de la comunidad, no es el superior o la superiora, ni sus esfuerzos por mantenerse en este lugar o para hacer pasar sus ideas; el centro de la comunidad es Cristo que es nuestra misión.

Conclusión:

Como a Abrahán, Dios nos pide nuestro Isaac, es decir, lo más precioso para nosotras: nuestra voluntad, nuestra libertad, nuestra vida. No espera una obediencia servil, sino una obediencia fraternal y confiada.

El servicio de la autoridad y la obediencia alcanzan su perfección cuando se viven en mismo espíritu. Si se comprende y considera la autoridad y la obediencia bien, no se encuentra rastro de egoísmo, de lucha por el poder, de espíritu de soberanía o victimación etc.

Desearía ver que las personas que ejercen la autoridad son las primeras que dan pruebas de esta búsqueda de la voluntad de Dios. Solamente si las personas que ejercen la autoridad viven obedeciendo a Cristo y observan con sinceridad las orientaciones de la Iglesia y de las Reglas de vida de su Congregación, los miembros de las comunidades podrán comprender el sentido de la obediencia.

Creo que si los puntos que aborda este documento, se asientan bien desde la formación inicial y en el cuadro de la formación continua, la autoridad y la obediencia religiosa se vivirán con gran libertad y alegría por todas las personas consagradas.



Presentado por
H. Immaculate Nakato
28 Mayo 2008