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Llegaron a Nueva York hace cien años
 
11/03/2008

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Llegaron a Nueva York hace cien añosLa siguiente narración está basada en varios documentos de los archivos de la Congregación; documentos históricos relativos a la Condesa Annie Leary; artículos de periódico, mapas, y fotografías de la ciudad de Nueva York en el año 1908; información variada colectada en el Internet; y el tomo voluminoso Présentation Historique de la Société de Marie Réparatrice (1818-1953), by Henri de Gensac S.J. La imaginación de la escritora ha llenado los vacíos.

El miércoles 29 de enero de 1908, dos reparadoras subieron a bordo del buque de vapor Cedric en Nápoles, Italia, con destino a la ciudad de Nueva York. Ellas eran la MM de Sainte Véronique Giuliani, asistente general y la MM de Saint Matthiew. Ambas, sombrillas en mano, estaban vestidas en hábitos negros de viaje y guantes negros. En sus baúles, empacados por la Asistente de la casa de Roma, estaban unos cuantos cambios de ropa interior, medias, un hábito blanco, una toca y un bandeau extra, un par de alpargatas, el libro de Oficio, una copia de las Constituciones, una barra de jabón, bicarbonato de soda y cepillo de dientes, y poco más.

A medida que la costa de Italia se perdía en la distancia, memorias de previos viajes llenaban sus mentes. St. Matthiew, née Mary Canny, había dejado los cerros gentiles de su Irlanda nativa hacía unos cuantos años, dispuesta a ir “dondequiera que la caridad de Cristo” la llamara. Cerrando los ojos volvía a sentir los abrazos cariñosos de su familia. Ste. Véronique Giuliani, née Gwendoline de Raymond, con 55 años cumplidos, tenía una larga historia de viajes transcontinentales. Profundo era el recuerdo del viaje a Trichinopoly, India. A los 23 años, había navegado hacia las tormentas de amargas disensiones y divisiones que asaltaban la congregación en 1876. Frescos todavía estaban los lugares y aromas, la música, las voces y los rostros, estampados en su alma para siempre. Durante casi 3 años, con otras nueve hermanas, había enseñado en el orfelinato de Santa Ana; atendido a los enfermos en el hospital, con la ayuda de algunas hermanas indias; ofrecido un lugar de refugio a las viudas; administrado la escuela para niñas inglesas y mestizas incluso enseñando algunas clases. Al final, ella y el resto de las hermanas fueron llamadas de vuelta a Europa. Hoy pedía de nuevo a Dios que guardara el sufrimiento de esos años en su corazón haciéndolo florecer en bendiciones para todos aquellos que tuvieron que abandonar.

Ahora Matthiew y Véronique iban hacia “El Nuevo Mundo”. Había gran animación entre la gente reunida en cubierta. A su alrededor flotaban conversaciones en francés, italiano, inglés, árabe, y otros idiomas que las dos reparadoras nunca habían escuchado. Los miedos y dudas que pudieran tener eran superados al recordar las palabras apasionadas de María de Jesús, “…nos entregaremos con alegría al servicio de Jesucristo, cruzando los mares para hacer conocer en los países más lejanos el nombre de Jesús, su misericordia y su amor.” Paz dulce y serena llenaba sus corazones cuando una y otra vez cada una repetía su promesa de servicio amoroso.

Entre los pasajeros se encontraba el arzobispo de San Francisco, Monseñor Patrick Riordan. Tal vez había conocido a las reparadoras durante sus muchos viajes a Roma, o durante su tiempo de estudiante en el colegio Americano en Lovaina, Bélgica. En todo caso, se mostró muy atento y bondadoso hacia las hermanas. Añadiendo bondad a bondad, el capitán les ofreció cabinas de primera clase aunque sus billetes eran de segunda.

Esperamos que nuestras dos hermanas tuvieran buenas piernas marineras y estómagos fuertes que les permitieron gozar los once días flotando entre cielo y mar. Oración privada y la contemplación de la grandeza de Dios marcó el ritmo de sus días. Hay evidencia de que su celo se mantuvo alerta durante sus días a bordo. En el segundo día de la travesía, mientras paseaban en cubierta, una niñita llena de curiosidad se acercó a ellas y les preguntó sus nombres, y ¿por qué estaban vestidas iguales? y ¿qué eran esas cuentas que tenían en sus manos? y ¿a dónde iban? y ¿no tenían hijos? La niña las llevó a conocer a sus padres los que dijeron que ella nunca había recibido instrucción religiosa. Desde ese momento se podía ver a los cinco apiñados mientras Matthiew y Véronique suavemente les revelaban los tesoros del tierno amor de Dios.

¡Un buen comienzo a una nueva realidad!

El resto de la historia se compartirá periódicamente a lo largo del año. Concepción González Cánovas, smr., (quien también lo tradujo al castellano).