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Carmen García Cómo fue que el Señor me llamó a la Vida Religiosa? Poco a poco, suavemente, un proceso.
 
12/09/2017

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Carmen García

 

Cómo fue que el Señor me llamó a la Vida Religiosa?

Poco a poco, suavemente, un proceso.

Nací en el pequeño pueblo de La Paz de Ordaz, Jalisco, México, donde viví hasta mi adolescencia. De allí, mi familia primero y yo después, fuimos a vivir a una Colonia en la Periferia de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, como a 103 km de mi pueblo. El hecho de separarme de mi familia por un tiempo (un año más o menos) y dejar mi vida en el pueblo, fue un cambio fuerte para mí. Al principio me encerré en mi casa y en mí misma. Viví una etapa de rebeldía, sentía enojo con mi familia, con el entorno y también con Dios. La adaptación a la ciudad no fue fácil, me llevó varios años.

En una ocasión, en tiempo de Cuaresma, ante la insistencia de mamá, asistí a un grupo de Jóvenes de la Parroquia “San Lázaro” a la que pertenecíamos. Los jóvenes se estaban reuniendo cerca de mi casa durante toda la semana por las tardes reflexionando temas preparándose para la Semana Santa. Ese día el tema era sobre la Parábola del Hijo Pródigo (Padre Misericordioso). La joven que daba el tema decía que Dios es un Padre bueno que me ama, que está tan cerca de mí que sabe y comprende lo que me pasa, por eso me entiende y perdona. Esas palabras y la manera cómo las decía, tocaron algo en mí, sentí que me las decía por mí; aunque habían pasado años de mi etapa de rebeldía, algo no estaba bien en mí. Por otro lado, yo tenía otra imagen de Dios y la que ahora me presentaban me era desconocida, nueva.

Los días siguientes llegaba a la expectativa de qué iba a tratar el tema. Quería seguir escuchando sobre ese Dios que estaba conociendo. El último día mientras me dirigía al grupo sentía tristeza que terminara ese espacio que me estaba ayudando tanto. Me alegré cuando al terminar la semana la joven que presentaba los temas preguntó si queríamos seguir reuniéndonos como grupo de jóvenes una vez por semana en ese mismo lugar. La mayoría estuvimos de acuerdo, y así continúo el grupo durante un tiempo. Fue en ese espacio, donde poco a poco, sin darme cuenta, Jesús fue entusiasmándome, fue entrando y ganando mi corazón, lo fui sintiendo cercano a mi realidad y eso le fue dando un sentido nuevo mi vida.

Un día, regresando del trabajo a casa, me pasé la parada del bus y me bajé en frente de la Parroquia Cristo Rey. Entré en la Iglesia y me dirigí a la capilla del Santísimo que estaba expuesto. Permanecí platicando con Jesús hasta que comenzó misa de 7:00pm a la que me quedé, cuando salí, me sentía tranquila, contenta. Estas visitas se repitieron siempre que pude hacerlo. Cuando se acercaba la hora de salida del trabajo, mi pensamiento se iba con Jesús: quería llegar y estar ahí, hablarle, hacer silencio, sentirle. Fue naciendo en mi interior una frase que le repetía una y otra vez: “Jesús, te amo”, “Jesús, te amo” era una oración que nació ante el Santísimo y fue extendiéndose a otros momentos del día. Le dirigía a Jesús esta oración segura que él mejor que nadie me conocía y entendía, y veía la profundidad y la sinceridad con que se la expresaba. Junto con esto, encontré ayuda psicológica y trabajé la etapa difícil que había vivido. Fue un lento proceso sentir cómo iba sanado mi interior y así fui saliendo de mi pequeño mundo. Estaba más atenta a lo que pasaba dentro de mi familia, me interesé más en mis vecinos haciendo conversación con algunos y de esa manera conocí su realidad y necesidades, me sentía bien cuando podía hacerles una visita y ver lo agradecido que se quedaban. Esos pequeños gestos me alimentaban. Fui acercándome más a mi Parroquia: ir a misa, participar de las actividades que hacían, entraba a saludar a Jesús en el Santísimo cuando pasaba y veía que la puerta de la Iglesia estaba abierta, comencé a apoyar la catequesis de niños lo cual disfruté porque me gustaba estar con ellos, hablarles del amor que Dios y Jesús les tienen; el amor que yo estaba experimentando.

Comenzó a surgir en mí el deseo de que otras personas conocieran y experimentaran a Dios como yo lo vivía: cercano y dando sentido a sus vidas. Con este pensamiento e inquietud, un sábado lavaba mi ropa al mediodía cuando sonó el timbre y salí a abrir. Era Paz del Castillo (q.e.p.d.). Yo no la conocía. Era mayor de edad. Me preguntó: “¿Tú eres Carmelita?”, les respondí que sí. Se presentó, dijo que es Hermana de María Reparadora que hay una Comunidad de su Congregación a cuadra y media de mi casa pero que ella vive en la Comunidad de Av. La Paz y viene a invitarme a un grupo de jóvenes. Recuerdo que me quedé sin entender bien de que trataban las reuniones, pero alegre porque sabía que iba a seguir conociendo de Dios, de Jesús; la invitación era para hacer los Ejercicios en la Vida Cotidiana.

Los EVC duraron alrededor de un año. Durante ese tiempo tuve un acompañamiento cercano de Paz. Recuerdo una vez que no asistí a la reunión semanal y no pude avisar, Paz llegó por la tarde a mi casa y me dijo: “solo vine para saber cómo estás, si todo en tu familia está bien”. Ese gesto me sorprendió, me hizo sentir bien. Había días que de mi trabajo la llamaba y le decía que necesitaba compartirle lo que pasaba en mí, su respuesta era “¿quieres venir después de tu trabajo?”, y saliendo me iba para su casa. Un día que necesitaba compartir, llamé a Paz para pedirle que me escuchara aunque sea por teléfono, ya hacía pocos días la habían operado de la rodilla. Ella con la misma acogida y tono amable de siempre, me dijo: “¿quieres venir después de tu trabajo? Ese día me recibió en su habitación. La disponibilidad, acogida, amabilidad, interés y cercanía de Paz me conectaban con la experiencia de la cercanía de Dios.

Comenzó a llamar mi atención las Hermanas de María Reparadora que alrededor de 20 años había visto pasar por la calle donde vivía. Las observaba ahora con más atención: las veía platicando fuera de la casa de alguna persona; saludando con amabilidad a las personas incluyendo a los jóvenes con problemas de drogadicción que solían juntarse en la esquina de mi calle, y más de una vez vi a una de ellas detenerse a conversar con un joven drogadicto. Veía cómo se relacionaban con las personas en la Iglesia; vendiendo rebanadas de pastel o galletitas después de la misa. Me llamaba la atención su sencillez, sus gestos hacia las personas y su manera de vivir en la realidad del lugar; sentía deseos de vivir eso también.

A la luz de las fichas de los EVC y el acompañamiento de Paz fui sintiendo el llamado a la Vida Religiosa. En un principio trataba de no detenerme en este sentimiento, pensaba que eran cosas mías y no lo compartía con Paz, pero me di cuenta que ella lo veía porque cuando tocamos ese tema ella me dijo que veía que el Señor me estaba llamando a la vida religiosa. Terminados los EVC Paz me propuso vivir una experiencia de dos meses en una Comunidad SMR en San Juan Tecuaco, Guatemala, donde solo pude estar un mes que me dieron de permiso en mi trabajo. Ese tiempo fue suficiente, con lo que viví en la Comunidad de Hermanas y con la gente del pueblo, sentí que Dios me confirmó el llamado. Al regreso de esta experiencia me sentía contenta porque algo me decía que había encontrado lo que daría sentido a mi vida. Acompañada por Paz recogí la experiencia vivida en Guatemala. Hablé con mamá y papá e hice mi petición para ingresar a la Congregación en el año 2006, tenía 37 años. Lo que más me costó fue desprenderme de mi familia, en especial de mis padres y también en esto sentí a Dios cercano en la convicción y paz interior que me regalaba. 

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