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Nueva York: Ya se están sintiendo en casa
 
03/09/2008

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Son las 5:15 de la mañana del sábado 2 de mayo, 1908. La casita en la calle Charlton se está despertando. Una por una, las nueve ocupantes responden a las palabras de la despertadora, “In nomine Mariae exurgamus!” con “Et cum ea Christum adoremus!” excitación vibrando en sus voces adormiladas. Hoy! Hoy es el día!

Abluciones matinales, las camas hechas, los cuartos en orden, hábitos limpios y tocas recién planchadas, escapularios y velos bien puestos las hermanas se dirigen con presteza a la capilla para rezar el Angelus mientras que las campanas de la parroquia cercana cantan alegremente en la luz matinal. En silencio, cada una encuentra su lugar favorito para la meditación. Algunas se quedan en la capilla. Otras van al jardincito y alguna prefiere la soledad de la sala de comunidad. La hora de oración parece volar, acciones de gracias y distracciones alternando en cada corazón. A las 7 una ola de actividad vibra por toda la casa. Es necesario dar una buena mirada a la capilla para asegurarse de que los vasos sagrados y los manteles están en su sitio, las flores frescas y las velas derechas. Ni siquiera un grano de polvo se ha de ver flotando en la luz filtrada a través de los nuevos vitrales. En la cocina la tetera se mantiene a punto de hervir en el rescaldo. En el refectorio platos, tazones y bandejas de bolillos frescos en la mesa, y la mantequilla, un lujo para celebrar la ocasión, está en un lugar fresco. En la sala de visitas se ha preparado una mesa impecable para Monseñor Lavelle, primer vicario general de la arquidiócesis y rector de la catedral St Patrick, y para el Padre Cherubino de la parroquia de Saint Anthony, la Condesa Leary, Miss Margaret Brady y otros huéspedes. El limpio aroma de cera y flores frescas se extiende por toda la casa. Las hermanas respiran profundamente, se quitan los delantales, se bajan las faldas, desdoblan las mangas, se ponen las manguitas interiores y con grandes sonrisas esperan a sus huéspedes.

Al toque de las 8 Monseñor Lavelle y P Cherubino se inclinan ante el altar y comienzan la celebración de la misa de la fiesta de María Reparadora. Una combinación de acentos diferentes responde a las oraciones en latín porque la capilla está llena de una variedad de gente. Entre ellas hay vecinos, niños italianos alumnos del Instituto y sus padres, Miss Brady, la condesa Leary y algunos otros amigos. Un acento francés se nota en las respuestas de M de St Véronique y M de St Sauveur mientras que M de St Matthieu, M de St Dympna, M de St Bibiana y M de St Carthage responden con cadencia irlandesa y M de Holy Cross y Paz Torres añaden su inflexión castellana. Sólo M of St Malachy reza con acento británico. Mezclado entre los participantes se encuentra un reportero del New York Times cuya descripción de la ocasión será publicada el día siguiente. (Aunque sus datos de fondo son incorrectos, es interesante leer la impresión que este evento causó en un espectador observante. Este artículo se ofrece a continuación.)

Al final de la Misa, la Bendición Apostólica de Pío X, leída por el sacerdote confirma esta nueva misión de la Sociedad de María Reparadora en los Estados Unidos. Saludos, felicitaciones y sentidas gracias resuenan en la pequeña sala de visitas. Los huéspedes se van poco después del desayuno porque a la 1 de la tarde una gran parada marca el fin de la Celebración del Centenario de la Arquidiócesis de New York. Se calculaba que entre cuarenta y sesenta mil personas iban a marchar desde Washington Square, a lo largo de la Quinta Avenida hasta la calle 57, pasando ante la catedral St Patrick donde se había erigido una tribuna para miembros del clero y autoridades civiles. Una multitud de espectadores alineaban las calles desde temprano.

Este día ciertamente merecía ser fiesta de doble primera clase para la comunidad. Hubo Deo Gratias en la comida, tomando de postre el helado regalo de la condesa Leary. Probablemente el Oficio fue cantado por primera vez en la capilla. Las hermanas tuvieron tiempo extra para escribir a sus familias y amigos y para leer un libro interesante. Durante el recreo, indudablemente intercambiaron historias sobre los distintos lugares de los que habían partido recientemente y revisaron los acontecimientos del día. Matthieu y Véronique, que durante sus tres meses en la ciudad habían hecho una buena cantidad de turismo, tenían mucho que compartir sobre esta vasta ciudad de New York con sus muchas iglesias y altos edificios, el increíble Brooklyn Bridge y el Subway que transportaba multitudes a gran velocidad por sólo 25 centavos. También hablaron de sus amigos y benefactores, y describieron las terribles condiciones en que los pobres vivían en los vecindarios cercanos. Al final del día todas se reunieron otra vez en la capilla para rezar Completas y cantar juntas su acción de gracias: “Salve Regina, Mater misericordiae: vita, dulcedo, spes Nostra, Salve!”

La alegría de la celebración de la primera misa marcando el establecimiento de la comunidad se multiplicó por los encuentros de hermanas, algunas conocidas y otras encontradas por primera vez. Especialmente dulce era la presencia de M de St Sauveur que durante tantos años trabajó estableciendo las conexiones necesarias para traer la congregación a los Estados Unidos. Sin embargo, el gozo de la reunión fue de poca duración porque el martes 5 de mayo, M de St Sauveur y Paz Torres se embarcarían con destino a Cherbourg. Con ellas partiría Véronique que tanto había vivido y compartido con St Matthieu durante los meses anteriores. Podemos imaginarnos sus sentimientos mientras juntas preparaban el equipaje de Véronique.

Durante los tres meses desde su llegada el 9 de febrero, Matthieu y Véronique habían ido de excitación a esperanza, a duda, hasta el momento en que entre el 6 de marzo y el comienzo de abril, la Condesa Leary finalmente se comprometió a proveer una casa para la comunidad y el dinero necesario para mantener seis hermanas. Rápidamente se hicieron las renovaciones necesarias en la casa de la calle Charlton. Todas las paredes y los zócalos fueron pintados de blanco tratando de agrandar los espacios y traer luz a la casa. Una capilla fue creada en el primer piso con una reja separando el coro del espacio público. Se pusieron vitrales en las ventanas de la capilla y también en las ventanas del frente del segundo piso. Una ventanilla en la puerta del pequeño vestíbulo serviría de guichet. La condesa prometió poner una puerta para conectar esta casa con la casa vecina, para que las hermanas pudieran trabajar con los inmigrantes italianos.

Tan pronto como el arzobispo dio su autorización, la madre M de St Maurice escogió cinco hermanas para la nueva fundación. Cuatro de ellas partieron de Europa y llegaron el 29 de abril: M de St Dympna, de 31 años; M de St Carthage, 35; M de S Bibiana, que regresaría a Irlanda en 1910; y M de St Malachy que regresó a Londres en Junio de 1908. M de Holy Cross, nacida en Guatemala, llegó de México el 24 de abril, acompañada por M de St Sauveur que se dirigía al Sexto Capítulo General, y Paz Torres, postulante mexicana que había sido admitida al noviciado en Roma.

Véronique y Matthieu, probablemente ayudadas por amigos, habían preparado espacios privados para sus nuevas compañeras, con gran cuidado. No necesitaban mucho para los pequeños dormitorios: una simple cama con sábanas de algodón, una frazada y un cubrecama blanco; un estante de madera con una jarra de porcelana y una palangana para lavarse; un cubo y una silla. En la pared colgaron un espejo minúsculo para chequear que el velo, la toca y la tablilla estaban derechos. Sobre la cama, enmarcados en forma de cruz, cuatro estampas representando el Sagrado Corazón, María Reparadora, San Ignacio de Loyola y la Madre María de Jesús. En la sala de comunidad, libreros con unos cuantos buenos libros espirituales, una mesa con papel de escribir y tinta en su cajón, rodeada por una docena de sillas. Una o dos mesas de refectorio y bancos alineados alrededor del comedor y un estante para guardar la vajilla blanca y los cubiertos. Un poquito aparte de las mesas pusieron una silla para la lectora y una mesita con los Evangelios, el Martirologio Romano y el libro que se iba a leer durante las comidas. El vestuario y la ropería compartían un espacio en el que habían colocado una maquina de coser, una tabla de planchar, y estantes para guardar los hábitos y la ropa extra. También pusieron una mesa de trabajo en medio del cuarto. Al frente de la casa, un saloncito para recibir visitas y personas buscando acompañamiento espiritual, fue amueblado con piezas de mejor calidad.

El grupo de seis hermanas comenzó su vida de comunidad con algunas modificaciones, como leemos en la primera Carta Anual de la Casa del Patrocinio de San José: “El Santísimo Sacramento será expuesto solamente tres veces a la semana, el Oficio se cantará sólo ocasionalmente, y personas laicas ayudarán con las adoraciones.” El Catálogo de Cargos pinta el cuadro de sus vidas atareadas:
M de St Matthieu, vice-superiora, a cargo de las obras de celo y maestra de salud.
M de Holy Cross, asistente, consejera y admonitora de la superiora, ecónoma, maestra de coro y maestra de lectura.
M de St Dympna, religiosa de últimos votos, maestra de música, sacristana y portera.
M de St Carthage, religiosa de primeros votos, a cargo del vestuario, la ropería y de la despensa.
M de St Bibiana, religiosa de últimos votos, primera hermana de fuera, cocinera, a cargo del lavadero y del planchado, ayudante en la despensa.
M de St Malachy, segunda hermana de fuera, a cargo del refectorio, ayudante en la portería, la ropería y el vestuario, el lavado y la plancha.

Este pequeño grupo estableció buenas conexiones con los vecinos, quienes visitaban la capilla frecuentemente y también las ayudaban en todo lo posible. Las hermanas, no queriendo crear conflictos con las parroquias cercanas, en vez de ofrecer catequesis crearon dos Asociaciones de la Adoración del Santísimo Sacramento para niños, una para varones y otra para niñas. Los niños no sólo venían a hacer sus adoraciones, a veces más de una vez al día, también tenían un retiro mensual durante el cual recibían instrucción religiosa. Las niñas formaron un coro que cantaba a menudo durante la misa y la bendición. Un buen número de personas querían hacer retiros pero debido a la falta de espacio, sólo podían tener una ejercitante a la vez. También comenzaron a dar instrucciones sobre la fe católica a varias señoras protestantes.

Nuestras hermanas empezaron a ser conocidas y apreciadas en la ciudad pero su casa era demasiado pequeña para sus sueños y demasiado lejos para ser visitadas por sus amigos. Soñaban con el día en el que pudieran tener una iglesia grande, un convento abierto a todos, y espacio para retiros. La condesa continuaba prometiéndoles que les iba a construir un edificio magnífico no lejos de su propia casa. Mientras tanto, las quería más envueltas en el “Instituto Artístico e Industrial Cristóbal Colon” pero no ponía la prometida puerta de comunicación entre el convento y la casa vecina, para facilitar su trabajo, ya que tenían solamente un pequeño recibidor para visitas y para enseñar a los niños.

A comienzos de enero de 1909 M de St Matthieu le escribió a M de St Mauricio diciendo que la condesa no les había dado el dinero para el presupuesto desde el mes de noviembre. En esa misma carta expresaba un dilema. Ella quería rehusar las continuas demandas de la condesa pidiendo que enseñaran a las niñas a hacer encaje hasta que ésta proporcionara el espacio prometido. Al mismo tiempo tenia miedo de causar fricciones con su oposición.

Los problemas alcanzaron el punto álgido ese verano. El 19 de agosto una señora Protestante que había sido instruida en la fe Católica por M de St Matthieu, hizo su abjuración y fue bautizada en la capilla. La condesa Leary se ofendió porque ella no fue informada o invitada a la ceremonia mientras que otras personas estuvieron presentes. Se quejó a St Matthieu quien le explicó que ella no había sido informada porque esto era un asunto privado relacionado con una persona prominente y la discreción era imperativa. La Condesa Leary no aceptó sus explicaciones. Le escribió una carta a St Matthieu diciendo que en el futuro le sería imposible conectar las dos casas y que antes del invierno ella pondría a otras personas a cargo de las obras en Charlton Street. M de St Matthieu fue a ver al Arzobispo Farley quien le aconsejó que le escribiera a la condesa diciéndole firmemente que ellas iban a abandonar su patronazgo. El arzobispo le prometió encontrar una casa adecuada para la comunidad.

Cuando la condesa recibió la carta trató de persuadirlas con amenazas, súplicas y promesas. Pero era demasiado tarde. Ella no solamente había roto su compromiso con la comunidad. Pero de mayor gravedad era su intento de controlar su ministerio y sus relaciones con otras personas.

El 22 de agosto murió el padre Thomas J Ducey, fundador y párroco de la iglesia St Leo en Manhattan. El había sido una figura controvertida. Motivado por sus inquietudes cívicas y sociales, hablaba con elocuencia apoyando causas a menudo impopulares. Al mismo tiempo, tenía muchos amigos ricos y e influyentes. Con su apoyo, construyó la iglesia de St Leo y la rectoría adyacente que siempre estaba abierta no sólo a gente de sociedad, sino también a los pobres, a los artistas y a los sirvientes de los hoteles vecinos. Con la muerte del padre Ducey, St Leo estaba disponible pero al mismo tiempo presentaba un problema para el arzobispo porque muchos que habían atendido esta iglesia porque admiraban a Ducey, ahora retornarían a sus parroquias y St Leo se quedaría vacía y sin recursos.

Algunos de estos antecedentes se encuentran en una carta escrita por Thomas H. Kelly a M de St Matthieu el 11 de septiembre 1909. Thomas Kelly era un banquero millonario, activista político y tesorero del Irish Relief Fund en America. León XIII le había dado el título de marques. El ejercía gran influencia en la iglesia y en el estado. En 1904 se casó con Emerence de Sallier du Pin, hija de nobles exilados franceses. “El anillo de compromiso que Kelly le dio a su novia era un rubí rodeado de una corona de diamantes, que él había recibido del Papa León XIII, quien lo tenia en alta estima” (NY Times, 8/24/1904). Su esposa Emerence, era amiga de la comunidad Reparadora y ella trajo a su atención la situación apremiante en que se encontraban las hermanas. En su carta el señor Kelly le aconseja a St Matthieu: “Usted puede ir con toda seguridad a presentar su caso al Arzobispo. Usted está pidiendo solamente un lugar que está disponible, y ustedes están dispuestas a relevarlo de toda otra responsabilidad, prometiendo que no serán una carga para la diócesis.” Kelly también le escribió al Arzobispo Farley y al obispo Cusack, auxiliar de New York, presentando el caso de las hermanas y asegurándoles que el apoyo de muchos amigos las ayudaría a establecerse sólidamente.

El lunes 13 de septiembre a las 10 de la mañana, M de St Matthieu y M de Holy Cross tenían cita con el arzobispo. Mr Kelly envió un coupé a su puerta para llevarlas a casa del arzobispo y de vuelta a Charlton Street. Ellas presentaron su caso con elocuencia y sin duda con trepidación. Las dos semanas siguientes fueron pasadas en oración intensa mientras que el consejo arquidiocesano decidía el asunto. El 6 de octubre, las hermanas se entrevistaron con el obispo Cusack quien les dijo que el arzobispo deseaba ceder la iglesia de St Leo a la congregación. Y les pidió que fueran a verla. La iglesia les encantó. La rectoría, aunque pequeña sería suficiente para acomodar la comunidad y permitiría añadir unas cuantas hermanas más.

Estas son las condiciones bajo las cuales la iglesia de St Leo fue cedida a la congregación:
El obispo continuaría siendo el pastor durante un año. La iglesia sería servida por sus vicarios. El dinero recibido en las colectas dominicales y el alquiler de reclinatorios, no sería dado a las hermanas. Las hermanas recibirían el dinero de las colectas diarias, el contenido de las alcancías, etc. El obispo se reservaba la colecta dominical para pagar el interés de la considerable deuda de la iglesia, y para pagar arreglos y la calefacción.

El 15 de octubre las hermanas dejaron Charlton Street con gran pesar. Durante año y medio esta casita había sido su hogar. Sus oraciones, gozos y frustraciones estaban incrustadas en sus paredes. Se habían familiarizado con el vecindario. Ya no eran forasteras. Los niños y las familias con las que habían trabajado estaban desoladas porque la calle 29 estaba demasiado lejos para mantener el amor y la proximidad que habían creado.

Mientras que se hacían renovaciones a la rectoría y se instalaba una reja en la iglesia de St Leo, la comunidad fue recibida con gran bondad por las Hermanas de la Caridad en el Orfanato de la Calle 63 y la 3ra Avenida. Allí les dieron cuatro dormitorios, una sala común y el uso de la capilla. St Matthieu y Holy Cross iban diariamente a St Leo a supervisar los trabajos.

El jueves 2 de diciembre la comunidad se mudó a la casa de St Leo que había sido amueblada por sus benefactores. El día siguiente, M de St Josephine; M de St James, 34 y M de St Guy llegaron procedentes de Inglaterra e Irlanda. El sábado 11, M de Nuestra Señora del Monte Carmelo, 44; M de la Virgen de Correa, 48; y M de San Ponciano, 21, llegaron de España, completando la comunidad. Tenían solamente unos cuantos días para acomodarse antes de la celebración de la primera Misa. Ahora eran una comunidad bilingüe con muchas historias que contar y energía en abundancia. Pronto podrían entenderse unas a las otras, si no cada palabra hablada, al menos en gestos y lenguaje corporal.

El sábado 18 de diciembre, fiesta de la Expectación de Nuestra Señora, el Arzobispo Farley, asistido por Monseñor Lewis, su secretario, y por el padre Tracy, vicario de la parroquia de St Stephen, celebró la Misa de comunidad a las 8 de la mañana y expuso el Santísimo Sacramento por primera vez. El padre McEntyre, párroco de Ste Theresa, confesor de la comunidad y amigo devoto también estaba presente. La iglesia estaba resplandeciente en el pálido sol de invierno; flores y velas llenaban el santuario. Amigos, benefactores y curiosos espectadores se agrupaban detrás de la reja. El Coro Infantil de la iglesia jesuita Our Lady of Loreto, dirigido por el padre Walsh SJ, cantó la Misa. Un jesuita tocó el órgano, uno de los mejores de la ciudad.

Esa tarde, los niños de Charlton Street vinieron a cantar para la Bendición acompañados en el órgano por M de St Dympna. Sus dulces voces se elevaron, llenando la iglesia. Su amor a la Eucaristía y su afecto profundo a las hermanas eran evidentes en sus ojos brillantes, sus caras bien lavadas, y el cuidado que habían puesto en vestirse para esta ocasión. Una mezcla de emociones llenaba el corazón de las reparadoras: añoranza por la sencillez de Charlton Street; gratitud por la estabilidad que ofrecía la casa en la calle 29; pesar por la relación truncada con la condesa Leary; gratitud por nuevos amigos y benefactores; entusiasmo por la libertad de organizar el ministerio de retiros; gratitud por la oportunidad de participar en liturgias preparadas con gran cuidado; y de nuevo añoranza por la sencillez de Charlton Street.

El sol se estaba poniendo en este día tan cercano al solsticio de invierno que traería la noche más larga del año. Matthieu, Holy Cross, Dympna, Carthage, Bibiana, Ebba, Josephine, St James, St Guy, Monte Carmelo, Virgen de Correa, y Ponciano aunque dispuestas a abrazar la oscuridad estaban deseosas de encaminarse hacia la luz.

Queridas hermanas, les damos las gracias.


Addendum: New York Times, May 3, 1908

La primera Sala Capitular de las Monjas de Reparatrice (Reparación) abierta en este país fue dedicada por Monseñor Lavelle, rector de la catedral de St Patrick, ayer a las ocho de la mañana en una pequeña casa en el numero 51 de Charlton Street. Monseñor Lavelle celebró la Misa en la capillita, que en años anteriores había sido una de las dos salas de visita en el primer piso. Ante el altar se arrodillaban seis monjas, sus hábitos azul pálido vislumbrándose ligeramente a través de los velos blancos que las envolvían de pies a cabeza. Una reja de hierro separaba la capilla de la sala anterior, donde se congregaban algunas mujeres y niños para oír la misa. El aislamiento de las monjas de la orden es tan estricto que las piadosas mujeres de la vecindad que desean recibir la comunión deben permanecer al otro lado de la reja. El sacramento les es administrado a través de una estrecha apertura.

Continuamente, de la salida del sol hasta el ocaso al otro lado de esta reja se verán dos mujeres veladas arrodilladas ante el altar en adoración del sacramento. Hasta que un convento se haya establecido aquí y la Orden de la Reparación sea parte de la Iglesia en America en una escala mayor, estas mujeres serán prisioneras en la casita, porque cuando tomaron sus votos ellas se separaron para siempre del contacto incluso de sus más queridas amistades y familiares. Ellas rezan constantemente por el perdón de los pecados del mundo.

En la pequeña congregación presente en la misa dedicatoria ayer por la mañana estaba la Condesa papal, Miss Annie Leary, que ha dedicado sus años y su riqueza a la Iglesia. Con Monseñor Lavelle en el altar estaba un monje de St Anthony vistiendo cogulla negra, el padre Cherubino.

Al final de la misa Monseñor Lavelle leyó la bendición Apostólica enviada por el Papa Pío X. Una de las monjas veladas en blanco que recibieron esta bendición era Madre María de Santa Verónica, asistente general superintendente de la orden, que vino de Roma a ayudar en la fundación del capítulo. Ella se embarca el martes con destino a Cherbourg y regresará a Roma. Madre Mary de St Mathieu, de Florencia, Italia, permanecerá como superiora a cargo del capítulo en Charlton Street. La cabeza de las Monjas de Reparatrice en este momento es una inglesa que era la Condesa de Raymond antes de tomar los votos.

Las noticias del Vaticano de hace una semana, publicadas en The Times, reportando la profanación del sacramento por dos mujeres que habían recibido la comunión de manos del Papa, ha sido mas chocante para aquellas que se han dado a sí mismas a la adoración perpetua que para muchos otros en la Iglesia, porque es a causa de una tal ocurrencia que la orden fue fundada. En “Les Miserables,” donde él habla de un convento en la Rue Petit Picpus, Víctor Hugo relata que la Orden de la Adoración Perpetua comenzó en Paris en 1649. El sacramento había sido profanado en dos iglesias en Paris –en San Sulpicio y St Jean en Grève. Para expiar este sacrilegio, dos mujeres de la nobleza dieron grandes cantidades de dinero para fundar un convento en el que el sacramento fuera adorado a perpetuidad. Hoy casi todas las grandes ciudades del Viejo Mundo tienen su capitulo. El primero en este país comenzó la adoración perpetua ayer en Charlton Street.

En el pequeño convento provisional americano de la Monjas de Repatratrice se observarán las mismas reglas que en la gran casa madre en Vía de Lucchesi, Roma, pero las monjas que se han encerrado en la casita de Greenwich tienen solamente una pequeña terraza de losetas detrás del edificio en la que encontrar aire y tomar ejercicio. Podrán ver el cielo y un panorama de ropa colgada en las escaleras de incendio, pero eso es todo.

Dentro de la casa las paredes y los zócalos han sido pintados de blanco. Los muebles son sencillos. Al entrar por la puerta bajo el montante colonial en forma de abanico, el visitante se encuentra en un estrecho y pequeño vestíbulo y frente a otra puerta en la que una reja de hierro cubre un postigo de cristal oscuro. Desconocidos deseando oír las misas, que se celebran al amanecer, pueden entrar en la sala pero no pueden acercarse al altar ni a las monjas veladas mas allá de este punto. Las monjas entran en contacto con otras personas solamente cuando el llamado del deber las impulsa. Estos visitantes serán mayormente niños buscando instrucción religiosa.

Las monjas son en su mayoría mujeres de familias nobles o ricas de Europa, y están altamente educadas. Una de las presentes ayer en la dedicación, que irá a Roma con Madre María de Santa Verónica el martes, es una bella joven de nacimiento español que era reclusa en un capitulo en México.